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ESPECIAL DÍA DEL ÁRBOL. 28.06 | "El árbol", de John Fowles Tuesday, 23 de June de 2020 | Gabinete de Prensa

 

El  escritor británico ofrece en este ensayo su visión de la naturaleza no modificada por el ser humano a través de un recorrido por espacios naturales salvajes que conoció durante su vida

 


Jesús García Rodrigo*

 

 

Hace poco más de cuatro décadas, en 1979, el novelista y ensayista británico John Fowles (1926-2005) sorprendía a sus lectores y a la crítica con su obra El árbol, un breve ensayo que, en poco más de un centenar de páginas, realizaba un particular retrato sobre la naturaleza pero que también ofrecía un recorrido por la prosa, la de ficción y la real, la filosofía, la ciencia, la botánica, la búsqueda de la libertad en esa naturaleza salvaje, o la vida. Precisamente, con unos retazos de su vida infantil, en un suburbio de la desembocadura del Támesis, a unos sesenta kilómetros de Londres, arranca este ensayo.

 

Rebelándose desde niño, aún sin saberlo, contra la visión mercantilista que su padre le ofrecía de los árboles, unos frutales que animaban su maltrecha cuenta corriente consecuencia del declive económico que dejó tras de sí el final de la Primera Guerra Mundial, John Fowles iba cimentando una perspectiva completamente distinta alentado por su tío, un entusiasta entomólogo, y dos primos mayores que él que terminaron por inocularle la pasión por el campo y la naturaleza salvaje. Los árboles "reales" de los bosques ingleses.

 

De este modo, El árbol supone la puesta en escena de dos visiones completamente distintas de ver, comprender, vivir y colonizar la naturaleza. Un padre, marcado para el resto de sus días y en todos los aspectos de su vida por la guerra de 1914 a 1918, que se ocupaba de la misma manera de sus árboles frutales que de sus acciones y participaciones en Bolsa; que prestaba idéntico interés a cuestiones de cultivo y recolección que a las informaciones que le ofrecía el Financial Times; y un hijo que, ya adulto, contaba con un jardín tan descontrolado como incontrolable, repleto de matorrales y pastizales agrestes que, a los ojos de su padre, más que un ejemplo de contrariedad filio-paternal, aquella "jungla" solo podía ser fruto de la locura, de un estado de demencia en el que, de golpe, había sucumbido su hijo.

 

Una adicción por la naturaleza salvaje

 

Fowles cae en una obsesión casi enfermiza, en una adicción por la naturaleza salvaje. El árbol supone una reflexión enormemente provocativa sobre la conexión entre la creatividad humana y la naturaleza, "junto a un poderoso argumento contra la censura de lo salvaje", tal y como nos indica la cuidada edición que de la obra realiza la editorial Impedimenta. La vulnerabilidad de la naturaleza, a la que constantemente alude el ensayista británico.

 

"Cualquier científico podría decir, cargado de razón, que toda forma y toda actuación de la naturaleza es puramente intencional o está estrictamente diseñada para lograr la supervivencia ya sea específica o genética, dependiendo de quién firme la teoría en cuestión. Pero para los no científicos, gran parte de esa intencionalidad funcional permanece oculta, indescifrable, y la impresión que recibimos es la de que no hay nada que la inmensa variedad de la naturaleza parezca ocultar, nada más que un caos verde en lo más profundo de su esencia, que nosotros, simios brillantemente intencionales, podemos utilizar y explotar a nuestro antojo, con una conciencia libre", escribe el novelista.

 

El árbol nos conduce por los bosques reales ingleses, pero  también por los imaginados en la literatura de  Raymond Chandler o en las leyendas de Robin Hood, frecuentados por personajes como Philip Marlowe y Sir Galahad que, como él escribe, en este caso "son hermanos de sangre". Bosques que inspiraron a artistas como Durero o Pisanello.

 

Y plagado de símiles, el ensayo de John Fowles compara en sus páginas el bosque con el mar, como "la promesa de una vida nueva", y los árboles con los tiburones blancos, aunque los primeros, a diferencia de los escualos, según el escritor, "no poseen la capacidad de defenderse cuando se les ataca. Sus posibles armas de ataque, por ejemplo, las espinas, son estáticas. Esta inmovilidad y su gran tamaño hacen que los árboles no se puedan ocultar en ningún caso. Son, por tanto, las criaturas más indefensas que existen en la creación en relación con el hombre, que los ha situado por debajo del nivel de la sensibilidad, convirtiéndolos así en los seres más fácilmente atacables y destruibles".

 

La historia de los dos perales

 

Otra preocupación de Fowles es la conservación de los árboles. Sirva como muestra de ese desasosiego el acontecimiento que relata. Después de visitar por primera vez ese caótico jardín del escritor, su padre le regaló dos perales, quizás con el improbable propósito de que pudieran poner algo de orden en tan mayúscula anarquía. Aún conociendo la intención del obsequio, no los desdeñó. Al contrario, los plantó. Incluso quince años más tarde no se atrevió a arrancarlos a pesar de que apenas le daban frutos, como si, instintivamente, estuviesen posicionándose del lado paterno.

 

Esta historia le llevó a recordar que son muchas personas, incluso naturalistas convencidos, los que defienden una naturaleza ordenada, en lo que él calificaba de "indebido caos", temiendo que otros muchos árboles, como esos dos perales que le regaló su padre, no den frutos porque, escribe, "no hay frutos para aquellos que cuestionan el conocimiento ancestral. No hay frutos para aquellos que se esconden en árboles inexplorados, no tocados por la mano del hombre. No hay frutos para los traidores a la causa humana".

 

 

El árbol de John Fowles

 

Pinchar sobre la imagen para leer el primer capítulo del libro

 

 

John Fowles nació en Leigh-on-Sea, Essex, junto a la desembocadura del Támesis. Hijo de Robert J. Fowles, un próspero comerciante de tabaco y Gladys Richards, maestra, después de estudiar en el Bedford School, cursó francés y alemán en la universidad de Edimbugo y en el New College de Oxford. Tras licenciarse sirvió en la Armada británica y en 1950 comenzó a trabajar como profesor en Francia, Grecia e Inglaterra. El éxito de su primera novela, El coleccionista, en 1963, hizo que dejara la docencia para dedicarse a la literatura.

 

En 1968, Fowles se mudó a Lyme Regis en Dorset, que serviría como escenario de la novela La mujer del teniente francés, historia llevada al cine en 1981 y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons nominada a cinco premios Oscar. Ese mismo año, 1968, adaptó al cine su novela El mago, escrita antes incluso que El coleccionista, pero que no publicaría hasta 1965. John Fowles falleció en su casa de Dorset el 5 de noviembre de 2005, después de una larga batalla contra una apoplejía sufrida en 1988.

 

 

El árbol de John Fowles. Portada del libro. Edición Impedimenta

 

El árbol de John Fowles.

Portada del libro. Edición de Impedimenta

 

 

Título original: The Tree. John Fowles. Primera edición en Impedimenta: noviembre de 2015. Tercera reimpresión: febrero de 2019. Traducción del inglés a cargo de Pilar Adón. Diseño de colección y coordinación editorial: Enrique Redel.  Maquetación: Cristina Martínez. Corrección: Susana Rodríguez.

 

 

* Jesús García Rodrigo es jefe de Unidad de Comunicación y Divulgación Científica del RJB-CSIC

 

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